Ahí tienen que estaba el micrófono abierto para quien quisiera ladrar en el Karaoke. Le dí un sorbo a mi cerveza y me levanté a deleitar al respetable.
-Vasos Vacíos- dije.
El puberto encargado anotó mi nombre en la libreta de participantes y me gritó en un tono despectivo “ahorita pasas, después de este”, asentí con la cabeza y escuché los últimos berridos del participante anterior a mí.
-No tiene oportunidad- pensé totalmente confiado en mi voz. Años de adiestramento vocal frente a las bocinas de mi computadora no me dejarían hacer un mal papel.
Canté como nunca; las mujeres abrían sus ojos asombradas, paraban sus orejitas como tiernas yeguas (analogía propia del ambiente campirano) y los hombres me veían/escuchaban con rabia los muy malditos.
Fuí el héroe de la tarde. Bajé de la tarima como un guerrero medieval que baja de su caballo después de vencer a medio ejército con sus propias manos.
Se acerca el puberto, seguramente anonadado por mi calidad interpretativa. Me dispongo a recibir sus felicitaciones y demás manifestaciones lisonjeras.
-El micrófono se apagó y no se escuchó nada-
Y mi victoria se esfumó.
